
El extremo norte, con la linde natural del río Mor y su juncal, permanecía aún virgen. Era una zona de dunas, las más antiguas con abundante vegetación a sotavento, donde predominaba la paciencia verde azulada del cardo marino. La primera línea de médanos rompía en escarpa, allí donde batía la vanguardia de la tempestad. En la cumbre de estas dunas, ceñidos con la cabellera de las gramas, se alzaban en cresta, a contraviento, los tallos punzantes del barrón. Más al norte, protegida por una coraza natural de rocas, había otra playa de apariencia más secreta. Pero quien siguiese la pista, después de un pinar en la retaguardia de dunas grises y muertas, se hallaría con el portón blasonado y con los muros del pazo de Romance.
Así que lo que hacían los de las furgonetas era quedarse antes, en el extremo de la media luna, donde ni siquiera en verano, a excepción de los festivos, había muchos bañistas. La mayoría de los veraneantes no pasaban del juncal. Pero éstos, los de las furgonetas, no eran veraneantes. Eran otra cosa. Había algunos que llegaban en otra época del año. Como estos dos, esta pareja. Dejaron la furgoneta en un rincón al final de la pista que sirve de aparcamiento, allí donde comienzan las dunas. Es una Volkswagen, acondicionada como caravana. El vehículo tiene pintados los colores del arco iris y lleva cortinas en las ventanillas.
Leda no dijo nada. Ella solía hacer las cosas así, por libre y a la chita callando.
