
– ¡Son hippies! -dijo Brinco con cierto desprecio-. Lo oí en el Ultramar.
Y Leda susurró: «Pues a mí me parecen holandeses o así».
– ¡Sssssh!
Entre risas, Fins los mandó callar. La pareja, al buscar lo recóndito, se acercó más a los mirones. Los amantes se acariciaban con los cuerpos, pero también con el flujo y reflujo de alientos y palabras.
Ohouijet'aimejet'aimeaussibeaucouptuestplusbellequelesoleil tu m 'embrases
Ohouioucefeudetapeautuvienstuvienstumetues tu me fais du bien
El acelerado placer de los cuerpos en la arena, aquella violencia gozosa, el retumbe del susurrar, puso nerviosos a los vigías. Fins se agachó y se recostó en la trasduna y los otros dos lo imitaron.
– Es francés -aseguró Fins, colorado, en voz muy baja.
– ¡Qué más da! -dijo Brinco-. Se entiende todo.
Fue Leda quien se decidió a mirar por última vez. Y lo que vio fue el torso de la mujer, que estaba encima del hombre, a horcajadas, en cópula, y que levantaba la cabeza hacia el cielo y paraba todo el viento, y tensaba el cuerpo, y ocupaba el horizonte, todo lo que la mirada centinela podía abarcar. En lo más alto, la mujer cerró los ojos y ella también.
Y luego Leda se dejó caer rodando adrede. Y Fins y Brinco no tuvieron más remedio que seguirla.
