Fins y Brinco lo que hicieron fue ir detrás. Treparon por la pendiente interior de una duna hasta que asomaron al escenario del mar. Podían ver sin ser vistos, ocultos por la melena de las gramíneas. Allí está, la pareja. Más que nadar, juegan con los cuerpos, a alejarse y a reencontrarse. Entre olas, en remolinos espumosos, procurando no perder pie. Por fin, el hombre y la mujer salen del mar. Van de la mano y corren riéndose por la arena en dirección a las dunas. Los dos son altos y esbeltos. Ella tiene una larga cabellera rubia. Es un día luminoso, con una luz nueva, de primavera, que centellea en el mar. A los espías, lo que ven les parece un hipnótico espejismo.

– ¡Son hippies! -dijo Brinco con cierto desprecio-. Lo oí en el Ultramar.

Y Leda susurró: «Pues a mí me parecen holandeses o así».

– ¡Sssssh!

Entre risas, Fins los mandó callar. La pareja, al buscar lo recóndito, se acercó más a los mirones. Los amantes se acariciaban con los cuerpos, pero también con el flujo y reflujo de alientos y palabras.


Ohouijet'aimejet'aimeaussibeaucouptuestplusbellequelesoleil tu m 'embrases

Ohouioucefeudetapeautuvienstuvienstumetues tu me fais du bien


El acelerado placer de los cuerpos en la arena, aquella violencia gozosa, el retumbe del susurrar, puso nerviosos a los vigías. Fins se agachó y se recostó en la trasduna y los otros dos lo imitaron.

– Es francés -aseguró Fins, colorado, en voz muy baja.

– ¡Qué más da! -dijo Brinco-. Se entiende todo.

Fue Leda quien se decidió a mirar por última vez. Y lo que vio fue el torso de la mujer, que estaba encima del hombre, a horcajadas, en cópula, y que levantaba la cabeza hacia el cielo y paraba todo el viento, y tensaba el cuerpo, y ocupaba el horizonte, todo lo que la mirada centinela podía abarcar. En lo más alto, la mujer cerró los ojos y ella también.

Y luego Leda se dejó caer rodando adrede. Y Fins y Brinco no tuvieron más remedio que seguirla.



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