
La joven mira alrededor y enseguida cambia de tono: «¿Y esos ataúdes?».
– Ya tienen dueño.
– ¿No será tu padre?
– ¿Qué pasa? Fue el primero que los vio después del naufragio.
– ¡Qué casualidad! -exclamó Leda con ironía-. Siempre es el primero.
La expresión de Brinco se volvió dura: «Hay que estar despierto cuando los demás duermen».
Leda lo miró de hito en hito, sin perder la sorna: «¡Claro! Por eso dicen que tu padre aúlla por la noche».
Le gustaría pelear con ella. Una vez lo hicieron, jugar a luchas. Los tres. Cada vez que la ve, vuelve a sentir su jadeo. La furia insurgente de su cuerpo. El loco latir del corazón inyectando un ardor de neón en los ojos. Está más bonita callada. Ella no sabe para qué sirve la boca. Para callar.
– ¡Tú sí que debes tener mucho cuidado con lo que aúllas, Nove Lúas!
– Algún día alguien te arrancará el alma del cuerpo -dijo ella. Cuando se encrespaba le salía aquel hablar de otro tiempo. Una voz con sombra.
– Tienes mucha lengua, pero a mí no me das miedo.
– ¡Te han de quitar uno a uno los gusanos de la cabeza!
Fins se levantó del ataúd, espabilado de repente, y se apresuró a cambiar de conversación: «Entonces ¿es verdad que vais a vender los ataúdes en la posada?».
– Allí se vende de todo -dijo Brinco-. Y tú a callar, que estás muerto.
Capítulo IV
La gran playa de Brétema tenía forma de media luna. En la parte sur se ubicaba el barrio marinero de San Telmo, que creció como injerto de la aldea que fue cuna de todo, A de Meus, con sus pequeñas casas de piedra y puertas y ventanas de pinturas navales. Si siguiésemos al sur, encontraríamos los antiguos saladeros y el último secadero de pulpo y congrio. Allí, al abrigo del viento de las Viudas, se conserva la rambla del primer puerto.
