
– Si fuesen hippies, hablarían en hippy -dijo Leda.
Ya habían pasado el puente de la Xunqueira, pero todavía estaban inquietos. Aún no habían posado los cuerpos en los cuerpos. De vez en cuando, las bocas soltaban un soplido. No hablaban de lo que habían visto, sino de lo que habían oído sin entender.
Los otros dos se echaron a reír. Y a ella le pareció mal.
– ¡Era en broma!
– No, lo has dicho en serio -dijo Brinco para hacerla rabiar. Y volvió con el chiste-. ¡Los hippies hablan hippy!
– ¡Sois idiotas! Os falta un hervor. -No te enfades -dijo Fins-. No pasa nada. -¡Y tú vete a la mierda, a escribir en el agua! -le gritó Leda-. Eres como él.
Capítulo V
Caminaron cabizbajos por la orilla de la carretera de la costa. Los dos chicos llevaban las manos en los bolsillos y miraban el pisar descalzo de Leda sobre la grava. Ella iba jugando con las chinelas, haciéndolas girar con las manos como dos grandes libélulas.
A la altura del crucero del Chafariz, y al otro lado de la cuesta que lleva al Ultramar, subido a una roca, vieron a otro muchacho. Algo más joven. Los llamaba a gritos y movía y agitaba el brazo a la manera del banderín que reclama una urgencia.
– ¡Es Chelín! -dijo Leda-. Seguro que encontró algo.
Brinco no puede evitar la sorna cada vez que ve a Chelín: «Algo encontraría. Anda todo el puto día con el chirimbolo ese».
– A veces funciona, ¿verdad, Leda? -dijo Fins, conciliador.
– A éste, sí. ¡Pero por pelma! -protestó Brinco.
Leda los miró a los dos como quien reprocha una gran ignorancia: «Su padre ya descubría manantiales. Era vidente. Un zahorí. Todos los pozos de por aquí los señaló él, con las varas o con el péndulo. Hay gente así, que ve en lo oculto. Con poderes magnéticos». Aprendía en el río y el mar, lavando la ropa y mariscando. Su hablar tenía un burbujeo que la hacía visible. Una sobrecarga que la defendía. Y Leda todavía murmuró con lo que le quedaba de arranque: «Y hay gente que es todo humo. Que ni mata ni espanta. Que no ata ni desata. Y que anda por el agua sin verla».
