– Amén -soltó Brinco.

– Será por eso que es un buen portero al fútbol -cortó Fins-. El poder oculto.

– ¡Será! Pero ¿adónde coño nos lleva? -gritó Brinco para que el guía oyese.

Leda echó a correr por delante hasta alcanzar a Chelín. Ella sí imaginó adónde iban. En un pequeño trecho, el camino se ahondaba, entre setos de laurel, acebo y saúco, que se curvaban con una voluntad de bóveda. Y, al fin, se alzaba en una escalinata bien losada. En las esquinas de los peldaños, el musgo se esponjaba y tenía el cuerpo de un erizo acurrucado. De repente, en el otero, una casa que parece sostenida y apuntalada por la naturaleza. Una de esas ruinas que quieren desmoronarse, pero no lo consiguen, y a las que las hiedras que cubren los muros no las resquebrajan, sino que las vendan. Tras una malla de aliagas y zarzas, se abren dos huecos. La puerta, con tablas descoyuntadas. Y una ventana desconfiada, vigilante.

El edificio está tan tomado por la vegetación que la parte visible del tejado es un campo de dedaleras y en los aleros se entrelazan los tallos rugosos de las hiedras para combarse de espaldas hacia el vacío como gárgolas góticas. Sobre el dintel de la puerta, el follaje respeta el azulejo, tal vez por las formas vegetales esmaltadas, de estética modernista, que orlan las letras de la leyenda: Unión Americana de Hijos de Brétema, 1920.


Chelín estaba muy metido en su papel. Concentró los sentidos, los de dentro y los de fuera, a la manera en que le había enseñado el padre zahorí. Aquel a quien llamaban O Vedoiro. Había algo especial en el péndulo que sostenía. El peso magnético que colgaba de la cadena era una bala de fusil.

Al principio, no se movía. Pero, al poco rato, el péndulo empezó a girar despacio.



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