
Leda riñó a los incrédulos; «¿Veis?»
– Lo hace él con el pulso -se burló Brinco-. ¡Eres un farsante, Chelín! A ver, déjame a mí.
Chelín lo ignoró. Porque sabía que Brinco era un bicho y porque él estaba de verdad a otra cosa. Concentrado en la tarea con los flujos, depósitos y corrientes. Echó a andar, avanzó hacia el hueco de la puerta, y el péndulo giró a más velocidad.
– ¡Venga, sin miedo! -dijo Leda con ardor, porque además sabía que Brinco no las tenía todas consigo. Él, tan osado, siempre ponía pegas ante la Escuela de los Indianos. Siempre advertía que era un peligro, un lugar a punto de derrumbarse. Un sitio maldito.
El interior de la Escuela de los Indianos estaba en gran parte sombrío, pero había un cráter en el tejado por el que entraba un amplio foco de luz. Una claraboya accidental que se había abierto con un derrumbe casi circular de las tejas. Además, había en la techumbre una trama de agujeros y grietas que proyectaban en la penumbra un grafismo luminoso. Era tanto el espesor del aire, que se notaba el esfuerzo en el descenso de los trazos de luz. Pero ese abrirse paso no sólo era importante para los intrusos, sino para el propio lugar. Porque lo que iluminaba el gran foco de luz y, por partes, las finas linternas, era el gran mapa en relieve del mundo que ocupaba el suelo. Un mapamundi labrado en madera noble. En su tiempo, había sido tratado, barnizado, muy bien pintado, no con la idea de eternidad, pero sí de que acompañase como suelo optimista, entre el tiempo y lo intemporal, el futuro de Brétema. En la escuela de la Unión Americana de Hijos de Brétema, construida con las donaciones de los emigrantes, había esa particularidad que copió alguna otra: cada alumno se sentaba en un punto del mapa. Y se movía a lo largo de los años, de tal forma que cuando terminase sus estudios primarios podría decir, sí, que era un ciudadano del mundo. Pero había otros detalles que hacían singular la llamada Escuela de los Indianos.
