
Chelín se detuvo. El péndulo giraba más que nunca. Los había llevado hacia un rincón penumbroso. Aun así podía distinguirse un gran bulto cubierto por una lona en buen estado, lo que creó más expectativa, pues los visitantes no tenían interés en las reliquias. Gran parte del mobiliario y de las colecciones había sufrido los efectos de un incendio, en un período también arcaico, fuera del tiempo, que los mayores llamaban La Guerra. Todavía quedaban algunos libros por estantes polvorientos, sujetos por telarañas. Era muy poco lo que se conservaba. Sólo algunos visitantes furtivos entraban y rebuscaban a veces en lo podrido, en lo roído, en lo abatido. Cada año, sí, aumentaba el pueblo de murciélagos colgado de los ganchos de la sombra.
Nadie se atrevía. El propio Chelín detuvo la bala del péndulo y decidió levantar la lona por un extremo. Y el descubrimiento los dejó aturdidos. ¿Y esto qué es? La hostia. Dios bendito. Joder. Etcétera. Era un cargamento de cajas de botellas de güisqui. Pero no un cargamento cualquiera. Los muchachos miraron fascinados la imagen del incansable andarín Johnnie Walker.
