– ¡Bule, bule!

Leda se adelantó y consiguió extraer una botella. La mostró maravillada, se volvió a Chelín y proclamó una reparación histórica.

– ¡Éste sí que es un tesoro, Chelín!

Fins lo señaló triunfal.

– ¡Nada de Chelín! A partir de ahora, Johnnie. ¡Johnnie Walker!

Un tiro de escopeta retumbó de repente en el interior de la vieja escuela como si descargase percutida por la última exclamación. El estruendo. Las esquirlas de teja. El vuelo atolondrado de los murciélagos. Los ojos desorbitados del joven zahorí. Todo parecía salir de la boca humeante del arma. Leda, asustada, soltó la botella con la etiqueta del andarín, que se hizo añicos en el suelo, en una parte todavía azulada y blanquecina en la que se leía el nombre labrado de Océano Adámico.

De la oscuridad surgieron dos figuras sin la menor intención de pasar inadvertidas, que se situaron bajo el foco de la accidental claraboya del tejado. Destacaba, al principio, un gigantón que portaba la escopeta. Pero enseguida se puso por delante, en un primer plano, un segundo hombre. Vestía traje blanco con sombrero panamá y se secó el sudor con un paño granate, sin quitarse los guantes blancos, de algodón.

Sabían quién era. Sabían que era inútil intentar marcharse en ese momento.

Fue él quien tomó posesión. El grandullón sacudió el polvo a una silla y se la ofreció. Cuando el jefe se puso a hablar lo hizo con una voz profunda, imperativa y familiar. Era Mariscal. «El Auténtico», como él mismo precisaría de tener que presentarse. El otro tipo, el armado, era su inseparable guardaespaldas Carburo. Nadie utilizaba esa palabra, la de guardaespaldas. El Vicario. Palo Mandado. El Matachín. Eso era. Había trabajado un tiempo de carnicero. Y él utilizaba ese dato en su historial, cuando era necesario, con una autoestima muy convincente.

– ¡Me cago en las llaves de la vida, Carburo! No pasa nada, chicos, no pasa nada… A este hombre le encanta la artillería. Se lo digo siempre: Carburo, tú primero pregunta. Y después, a fortiori. Es lo que pasa. Acaricias el gatillo y ya es el gatillo quien manda. Como dijo el filósofo, desde que se inventaron la pólvora y la patada en los huevos, se acabaron los hombres.



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