Mariscal se quedó pensativo, la mirada clavada en el suelo. El mapa en relieve, cincelado a conciencia. El trabajo que dio hacerlo, el trabajo que da recordar.

Levantó la mirada y se fijó en Leda.

– ¿Y esta chavea de dónde salió?

– De la madre que me parió -soltó Leda, sin poder reprimirse. Estaba furiosa con la pérdida del alijo.

– Kyrie, eleison -dijo al fin Mariscal, asombrado por el descaro de la joven-. ¿Y quién es esa santa, si puede saberse?

– No es -respondió Leda-. Murió cuando yo nací.

Mariscal chascó la lengua y se ladeó un poco en el asiento. Ahora parecía inspeccionar la trama de luminarias en el techo. Le sonaba la historia. Mucho. La historia vuelve, pensó, y conviene apartarse para que pase de largo. Recordó a Adela, una de las empleadas de la conservera. Aquella conservera donde trabajaba Guadalupe. Él no paró hasta comprarla. Odiaba al dueño, al capataz, aquellos tacaños, explotadores, asquerosos, sobones. Que fueran a magrear a su puta madre. No quería vender, pero no le quedó más cojones. Y cuando la conservera fue suya, le dijo a Guadalupe: «Ahora van a comer y cantar lo que quieran». Pero eso fue una temporada. Acabó contratando al mismo capataz. ¿Adela? Le sonaba Adela, su belleza, su timidez, su resistencia, su súbita entrega, su inmensa tristeza en el altillo de la nave, después de que pasó lo que pasó. Se encerró en su casa. Nunca volvió al trabajo. Alguien convenció a Antonio Hortas, un marinero solitario y pobre, para que se casase con ella y le diera el apellido a la criatura. Y no hizo falta mucha insistencia para convencer a Antonio. Ni pagarle un duro. Porque Antonio Hortas quería a aquella mujer. Y si el asunto iba de cuernos, le daba igual, él tenía una buena lista de la cofradía de San Cornelio.



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