Víctor Rumbo hace el gesto de irse. Se va.

– ¡Eh, tente ahí, Brinco! Todavía no he terminado.

Se subió a la tarima y se acercó a la antigua mesa del maestro. Tal vez por la posición, elevó un poco más el tono de voz: «Tenéis que diferenciar la realidad de los sueños. ¡Eso es lo más primero!». Rió el intencionado desliz: «Bueno, lo primero es siempre lo más primero». Luego recompuso el gesto, la seriedad: «El día en que confundes esto estás perdido. Y hay que andar con mucho tiento, chicos. En este mundo hay mala gente, gente que por un Johnnie, por una mierda de una botella de matute, sería capaz de colgaros de un gancho de carnicero».

Mariscal giró la mirada hacia la pared donde se encontraba, descolorido, el Árbol de la Historia.

– La historia comenzó con un crimen -dijo de repente-. ¿Todavía no os lo han explicado?

Suspendió el parlamento. Parecía estar midiendo ahora el peso de todo lo dicho. Miraba el mapa del suelo caviloso y murmuró algo con cansancio.

– ¡Ya es suficiente lección por hoy!

El resplandor de un relámpago iluminó el Océano en el suelo de la Escuela de los Indianos. Lo esperaron, pero el trueno se demoró en retumbar, como si hiciese acopio de fuerzas para penetrar entero por el cráter del tejado.

– ¡Todos a casa! -ordenó Mariscal-. ¡Van a caer las vigas del cielo!

Capítulo VI

Lucho Malpica está afeitándose delante de un pequeño espejo, quebrado en diagonal, que cuelga del lado de la ventana orientada al mar. Tiene media cara cubierta con la espuma de jabón que afeita con la navaja. La mitad de las barbas del Cristo. De vez en cuando hace un alto y mira con gesto grave por la ventana, en busca de los signos del mar y el cielo.



19 из 189