
– Parece que al fin se calma el gran cabrón.
En una almohada de tejer encaje de bolillos, y sobre el patrón de cartón picado, unas manos de mujer, las de Amparo, colocan alfileres con cabezas de distintos colores, que parecen componer un mapa inventado. Las manos se detienen un momento. También ellas están al acecho de la voz amargada de Malpica.
– ¿Cuánto tiempo llevo sin poder ir a pescar, Amparo?
– Un tiempo.
– ¿Cuánto?
– Un mes y tres días.
– Cuatro. Un mes y cuatro días.
Luego hizo una precisión de la que se arrepintió. Pero ya estaba dicho: «¿Sabes dónde está bien marcado? En el Libro del Debe del Ultramar. Allí están las cuentas de los temporales. Hay marineros que no salen de allí».
– ¡Pues que no vayan! -exclamó Amparo, enojada-. Que ahoguen las penas en casa.
– Algo hay que hacer. ¡Ojalá estuviera en la cárcel!
Amparo levanta la mirada y responde también con sorna a su marido.
– ¡Vaya, hombre! ¡Y yo en el hospital!
Sentado a la mesa, a Fins le parece que aquellas dos palabras, cárcel y hospital, se cruzan en el mantel y urden un extraño lugar con la cuadrícula roja y blanca del hule. Un espacio que pasan a ocupar y donde se retuercen los seres de los que habla el libro que está leyendo y que hasta ahora le eran desconocidos.
Las manos de Amparo reiniciaron la labor. Ahora se movían con mucha rapidez. Al manejar los palillos de boj, el choque de la madera provocaba una percusión musical que parecía a un tiempo marcar y seguir el ritmo del andar inquieto del hombre, con la tempestad en la cabeza.
– Así que yo en la cárcel y tú en el hospital. Qué ilusiones. ¡Esta vida es como para prenderle fuego!
Las manos de la mujer volvieron a detenerse.
– Estás amargándote, Malpica, antes tenías más paciencia. Y más humor.
El marinero hizo el gesto de cremallera en la boca. Parecía culpable de la desazón. Dibujó una sonrisa: «Antes lloraba con un ojo y reía con el otro».
