Fins llevaba tiempo con la mente y la mirada divididas entre la estampa de los padres y el grabado de un viejo libro. Aprovechó entonces la súbita calma del hombre: «Padre, ¿usted vio alguna vez un argonauta?».

El marinero se sentó a la mesa, al lado del hijo. Pensativo.

– Una vez naufragó un barco ruso. Los marineros vestían chaquetones de cuero. Cuero negro. Buenos chaquetones…

– No, padre. No hablo de hombres. Fíjese lo que dice aquí: «Estos cefalópodos son unos animales muy feos. Si se mira dentro de los ojos del argonauta, se ve que los tienen vacíos».

Fins levantó la cabeza del libro y miró a su padre. La expresión de Malpica era la de una gran extrañeza. Estaba repasando todos los seres conocidos de su mar. Pensaba en la doncella, que unos años era macho y otros hembra. Pensaba… Pero no, nunca había mirado dentro de los ojos vacíos del argonauta.

– Este libro vino de la Escuela de los Indianos -dijo Malpica.

Se había servido un vaso de clarete. Lo bebió de un trago.

– ¿Por qué la llamaban así? ¿Escuela de los Indianos?

La mueca de Lucho. La sonrisa. Siempre aprovechó esa oportunidad. Fins sabía lo que iba a decir, la broma acostumbrada, porque íbamos a hacer el indio, éramos como apaches, etcétera. Pero esta vez, en el molde de la sonrisa, le sale un rictus dolorido. Una de esas derivas que la memoria introduce en la tracción muscular.

– Muchos de aquí, muchísimos, se fueron a América. La mayor parte canteros, carpinteros, albañiles, jornaleros… Y marineros, claro. Cuando ganaron algo de plata, lo primero que hicieron fue comprar un traje para ir al baile. Y lo segundo, juntarse para hacer una escuela. Y la hicieron. Lo mismo en muchos lugares de Galicia. Para ellos era la Escuela Moderna. Pero después de la guerra, cuando se abandonó, fue quedando ese otro nombre. El de la Escuela de los Indianos.



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