
Miró a Amparo, que estaba clavando despacio los alfileres en el cartón.
– Y no era una escuela cualquiera. ¡La mejor escuela! Lo que ellos querían. Racionalista, decían. Enviaron máquinas de escribir, de coser, globos terráqueos, microscopios, barómetros… Incluso mandaron un esqueleto para que supiésemos el nombre de los huesos. Se hicieron muchas, pero en ésta había algo especial. Esa idea extraordinaria de que el suelo fuese el mundo. Y lo hicieron con madera noble. Armaron ese suelo los mejores carpinteros y tallistas. Cada cierto tiempo, te sentabas en un país diferente.
Se calló un momento. Hacía el inventario. En esa composición, la del pensador, apoyaba con tanta presión y tan en horizontal la cabeza que parecía estar tapando una fuga en la sien.
– Eso fue lo que quedó, más o menos. El suelo y el esqueleto.
Se levantó y con el dedo índice de la mano derecha fue señalando en la mano izquierda: «Trapecio, trapezoide, grande, ganchudo…». Una palabra brincaba hacia otra. Lucho Malpica parecía ahora contento. Notaba en los labios el gozo del recuerdo por ser capaz de recordar. Ese sabor salado.
– ¿Sabes cuál es el hueso más importante de todos? No, no lo sabes.
Dio una palmada al hijo en la nuca.
– ¡El esfenoides!
Malpica formó luego un cuenco con las manos cicatrizadas y declamó como si sostuviese un cráneo humano: «Lo estoy oyendo, al maestro. ¡He ahí la clave, el esfenoides! El hueso con cadera en forma de cama turca y alas de murciélago que se abrió en silencio a lo largo de la historia para hacerle sitio a la enigmática organización del alma…».
Se miró las manos con extrañeza, el cuenco de elocuencia que hicieron. Luego exclamó, asombrado de sí mismo: «¡Hostias benditas!».
También los otros dos, madre e hijo, lo miraron con asombro. Era un hombre muy silencioso. Demasiado callado. En casa, había una conexión entre su rumiar y el batir de los palillos de boj. Para Fins, cuando tenía conciencia de él, era un sonido hiriente. Un castañeteo de dientes de la casa. Pero había estos momentos, cada vez más escasos, en que se transfiguraba. Y brotaban los pensamientos. Una sonrisa. Un pensamiento. Una mueca.
