– ¿En qué partes del mundo se sentó usted, padre? -preguntó Fins con entusiasmo contagiado.

Lucho Malpica cambia de pronto de tono: «Mejor no andéis por allí».

– ¡Cualquier día se os cae el cielo encima! -insistió Amparo.

Malpica se acercó otra vez a la ventana a echar una ojeada al mar. Desde allí, el hombre que ya era otro habló al hijo con tono imperativo:

– ¡Oye, Fins! Tendrás que ir otra vez a limpiar las cubas.

– Ya es demasiado mayor para meterse en las cubas -dijo la madre, enojada-. Además… se marea.

– Más se marea en el mar -murmuró Lucho.

El padre se puso de rodillas, al lado del hogar, para avivar mejor el fuego. Detrás de él, el humo imitaba el paisaje de la ventana. También adoptaba la forma de nieblas y nubarrones.

– ¿Qué quieres, mujer? Me lo ha vuelto a pedir Rumbo. No puedo decirle que no.

– ¡Pues ya va siendo hora de que aprendas a decir que no!

Lucho ignoró a Amparo. Si ella supiese las veces que él dijo que no. Decidió hablarle al hijo y lo hizo con vehemencia: «¡Escucha, Fins! No le cuentes a nadie eso de las ausencias. Si cuentas eso, jamás tendrás un trabajo. ¿Entiendes? No lo cuentes nunca. ¡Nunca! ¡Ni a las paredes!».

Amparo retomó la labor y los palillos de boj resonaron de nuevo como la música interior y angustiada de la casa. Había ahora un hilo entre la mente de la encajera y el modo del repique. Y en la mente de Amparo, viendo lo que había visto, no había nuevos y viejos tiempos. Incluso a veces los nuevos tiempos parían los viejos. Por eso ella prefirió no dejar que el recuerdo brotase. Bastante hablaban ya las bocas de la sombra. Cuando ella era niña, quienes tenían temblores epilépticos, o prolongadas ausencias, acababan con fama de locos. Y un simple apodo podía llevar al manicomio.



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