
Una tía abuela murió allí. En la época en que cada internado estaba marcado con un número tatuado en la piel. Hubo un tiempo en que había cazadores profesionales de locos. Iban por las aldeas remotas y los barrios pobres, en carromatos cerrados como jaulas, en busca de candidatos. La Iglesia había creado el hospital junto con las familias pudientes. Y la administración cobraba de las diputaciones por número de internos. Cuantos más locos, mejor.
Sí. Ella sabía de lo que hablaba. Por eso callaba. Y los dedos corrían cada vez más lejos.
Capítulo VII
Fins oyó la aldaba y supo quién llamaba. Fueron tres toques seguidos y uno más. La aldaba era una mano de metal. Una mano que encontró Malpica en la ría de Corcubión. Él decía que era del Liverpool, que naufragó en 1846. La limpió de herrumbre y la fue puliendo con mucho cuidado, «como una mano verdadera», dijo, hasta devolverle el brillo al metal. Según Malpica, la mano de la aldaba era el objeto más valioso de la casa. Y cuando volvía borracho de alguno de sus naufragios personales, acariciaba la mano, evitando golpearla.
Llamaron de nuevo. Tres toques y uno más. También la madre sabe de quién es ese morse. Amparo dejó de tejer y miró con desconfianza hacia la puerta.
Y él corrió a abrir. Era ella. Leda Hortas.
No le dio tiempo a hacer preguntas. Tiró de él con excitación. Primero, con los ojos. Luego tiró del brazo. Ni siquiera ella era consciente de la fuerza que podía llegar a tener.
– ¡Venga! ¡Corre!
Lo soltó y echó a correr descalza hacia la playa. Fins no tuvo tiempo de cerrar la puerta. Cuando oyó la voz de la madre, ya no quiso oírla. Sabía que se sentaría otra vez murmurando: «¡Nove Lúas!».
– ¿Adónde vamos, Leda? ¿Qué pasa?
