
Ella no se detiene. Las piernas, los pies morenos, el talón blanquecino, crecen con la carrera. Suben jadeantes la ladera de la mayor duna primaria, entre corredores de tormenta hasta llegar a la cima.
Ella está pletórica, los ojos muy abiertos: «¡Mira,
Fine!»
– ¡Dios! ¡No puede ser verdad!
– ¡Ahí es nada!
El arenal próximo está diseminado de naranjas arrastradas por el mar. Los dos jóvenes permanecen inmóviles. Injertados en la arena. Sintiendo la grama, las cosquillas de las hojas punzantes y las flores peludas del barrón. Maravillados. Hechos de viento.
Leda y Fins tardaron en oír el ruido de la maquinaria pesada. Iban a saltar ya el cantil de arena. Tocar el espejismo con las manos.
Desde lo alto de la duna, vieron el camión que avanzaba con dificultad por la pista de tierra. Se detuvo en la explanada del final del camino, en el espacio de extracción de los areneros. De la cabina del camión bajaron un hombre y un chico. Los conocían muy bien a los dos. El mayor era Rumbo, el que regenta el Ultramar. El otro, Brinco. En el remolque, tres personas más, Invernó, Chumbo y Chelín, que descargaban unas espuertas o seras para recoger la fruta.
Brinco hizo como si no los hubiese visto. Ellos se dieron cuenta de que hacía como si no los viese.
Era así, pensó Fins. Cuando andaba a lo suyo, andaba a lo suyo. Se cabreaba si lo entretenías. Se volvía invisible. Sordo. Mudo. Pero cuando reclamaba interés, atención, no había modo de escapar de él.
A las órdenes de Rumbo, la cuadrilla empezó a recoger las naranjas que arrastró el mar, procedentes de la escora de algún barco.
– ¡Mira, Víctor! El mar es una mina -dijo Rumbo-. Da de todo. ¡Y sin una palada de estiércol! No hay que abonarlo como a la puta tierra.
Leda saltó el cantil y fue hacia el grupo con andares decididos. A Fins siempre le parecía que sus pies se hundían en la arena más que los de ella. Ella no se hundía se impulsaba en la arena. Sobre todo cuando tenía un objetivo. Un destino.
