– ¡Estas naranjas son mías! -gritó-. ¡Yo las vi primero!

Rumbo y sus acompañantes dejaron de trabajar. La miraban asombrados. Excepto Brinco. Brinco se volvió de espaldas. Alguna vez, cuando se enojaba con ellos, les decía: «¡Siempre andáis oliendo los pedos!». Pero ahora prefería no verlos.

La chica se encaró con el jefe.

– Usted sabe que es así. Los restos de un naufragio son para quien los encuentra.

Rumbo la miró de hito en hito, entre perplejo y divertido.

– ¿Y cuánto vale el cargamento, nena?

– ¡Mucho!

Leda midió con las manos toda su posesión de orilla. Aún emergían naranjas entre la espuma de las olas.

– Además, todavía no sé si las quiero vender.

Rumbo sacó del bolsillo una moneda.

– Toma. Por el trabajo de ver.

– ¿Y eso qué es? ¡Eso es una mierda, señor Rumbo! -dijo Leda.

El hombre sostenía la moneda con el índice y el pulgar y la puso a la altura de la vista orientándola hacia Leda con aire enigmático.

– Cierra los ojos.

Leda obedeció. Fins no sabía muy bien lo que estaba pasando. Rumbo tiró la moneda al aire y llamó la atención del resto.

– ¡Ahora veréis!

Rumbo se agachó. Dejó resbalar las manos despacio por las piernas desnudas de Leda, de la rodilla hacia abajo, agarró el pie derecho, descalzo, y lo colocó sobre la moneda. Los demás no le quitaban ojo. También Brinco, que había vuelto de lo invisible.

Rumbo susurró, abstraído en el experimento: «Ahora veréis, sí, ahora veréis lo que es la piel de una mujer». Luego en voz alta:

– ¡Dime, nena! ¿Cara o cruz?

Leda permaneció con los ojos cerrados. Sin dudar: «¡Cruz!».

Apartó el pie y descubrió la moneda. Era cruz. Se veía el águila imperial. Rumbo lanzó una rápida ojeada al envés, a la cara de Franco, allí donde pone «Caudillo de España por la Gracia de Dios».



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