– Acertó. ¡Es cruz!

La cuadrilla se rió. Rumbo sacó una cartera del bolsillo de atrás del pantalón y extendió un billete de cien pesetas, con la imagen de la bella Fuensanta pintada por Romero de Torres: «Toma. ¡Una morena! La más querida de España. Muchos la tienen metida en los colchones».

Luego se dirigió a los otros:

– ¿Habéis visto lo que es la piel de una mujer? ¡Incluso la piel del pie! Además, ésta nació sabida. Llegará a rica. Está escrito.

Leda se llevó el envés del dedo pulgar a la boca. Hizo una rápida señal de la cruz. Y escupió hacia el mar.

– ¡Pobre no pienso ser!

Capítulo VIII

Estar en lo oscuro y arañar oscuridad con una escoba de codeso. La linde de lo oscuro huele a acre. Éste es el trabajo. Rascar en la costra de la sombra. Se siente borracho y sucio por dentro. Poseído por una ebriedad pútrida. Pero tiene el instinto de gatear en la curvatura y arrojarse fuera por lo que parece una boca pulposa, que se abre y cierra para él. Se tumba en el suelo losado boca arriba. La respiración jadeante, al principio. Hasta sentir, dentro y fuera del cuerpo, un gozo como nunca antes había sentido. Ser el destinatario, por un momento, de toda la atención del cosmos.

Se levanta. Mira hacia la boca de su infierno. La gran cuba. Lleva aún en la mano, no la había soltado, la escobilla de codesos. Tiene los brazos y la cara teñidos, con un sudor que extiende la mugre. Viste ropa vieja, remendada, y manchada por el trabajo de limpieza. Se siente bien, incluso atraído de nuevo por la boca, por el recuerdo ahora placentero del mareo y la huida.


Había sido un día de mucho calor, de mediodía ardiente. En el patio del Ultramar pega aún el sol, pero el gran portalón, al fondo, enmarca un mar borroso por la calima, la desazón que se extiende en el litoral. Fins Malpica pestañea. Despierta del todo. Y gira deprisa hacia la boca de la otra grandísima cuba, semejante a la que él limpiaba.



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