
– ¡Brinco! ¡Eh, Brinco! ¿Oyes? ¿Me oyes o no? ¡Víctor! ¡Brinco!
Ante el silencio del otro, decide meterse en el interior oscuro de la cuba. Con gran esfuerzo, trata de arrastrar a Víctor Rumbo. Lo agarra por los tobillos y luego lo sostiene en brazos con mucho trabajo hasta posarlo en el suelo, con cuidado de que no se golpee en la piedra. Está sin sentido. Malpica, alarmado, sin saber bien qué hacer, se pone de rodillas, intenta buscar el pulso, auscultar los latidos del corazón, ver vida en los ojos. Pero la mano cae floja, el pecho no respira y en los ojos parece que desapareció el iris. Duda, pero al fin se decide. Se dispone a hacer la respiración boca a boca. Sabe el modo. Es hijo de marinero y ha visto casos de gente a punto de ahogarse en los arenales de Brétema.
Con sus manos abre todo lo que puede la boca de Víctor. Toma aire. Se acerca para unir su boca a la del otro chico. El inconsciente dispone de pronto el morro, con exageración burlona, para un beso amoroso.
– ¡Mmmm!
Fins se da cuenta de la burla y se levanta con expresión enojada.
Brinco también se pone de pie y se echa a reír a carcajadas. Se parte de risa. Es una risa que parece no tener fin. Pero deja de reír, también de repente. Esto ocurre cuando siente un ruido de motor, vuelve la mirada y ve llegar aquel automóvil que sube la cuesta con una calma alevosa.
El coche, al fin, se detiene en la era, cerca de donde se encuentran los chicos. Del automóvil, un Mercedes Benz blanco, desciende Mariscal. Elegante, con su aspecto permanente de galán. Viste el traje blanco y lleva sombrero panamá. También los zapatos son de color blanco. Y las manos con guantes blancos, semejantes a los que se utilizan en las ceremonias de gala.
– ¿Qué tal en el infierno, chavales?
Brinco lo mira, se encoge de hombros, pero permanece mudo.
– Bien, tirando, señor -responde Fins.
