– ¡Yo también estuve ahí dentro! -dijo Mariscal, dirigiéndose al otro chico-. ¡Mmmm! Cosa rara, pero siempre me susto este olor.

Sin acercarse del todo a las bocas, cuidando de no manchar la vestimenta inmaculada, parecía inspeccionar la profundidad abisal de las cubas.

– Este trabajo sí que es importante. ¡El más importante! -afirmó con solemnidad-. Si no están limpias las cubas… ¿Cómo se dice?… ¡Im-po-lu-tas!… Se estropea la cosecha entera. Por una pizca… de mierda. Sólo por eso, se va todo al carajo. Pensad en ello. Pensad que una de esas cubas fuese la esfera terrestre. Pues sólo una pizca, una pizca de mierda podría acabar con el planeta.

Meditando el propio dictamen, con aire preocupado, remachó: «No es una broma. Acabaría con el planeta. Ipso facto. ¡Pensad en ello!».

Mariscal se llevó la mano al bolsillo y, solemne, lanzó una moneda al aire en dirección a Brinco. El chico la agarró con gesto ágil, como si el brazo actuase por su cuenta y estuviese acostumbrado al juego. Pero la boca no dio las gracias. Y en relación con los ojos, cualquier observador pensaría que lo mejor, ahora y en el futuro, sería apartarse de su trayectoria. El hombre de blanco no parecía ni sorprendido ni afectado por aquella silenciosa hostilidad.

– Y tú, tú…

– Fins, señor.

– ¿Fins?

– Soy hijo de Malpica, señor.

– ¡Malpica! ¡Lucho Malpica! Un gran marinero, tu padre. ¡El mejor!

Luego rebusca en el bolsillo y arroja otra moneda hacia Fins, que la pilla al vuelo. Se despide con un saludo, rozando con la mano el ala del sombrero.

– Y ya sabéis. ¡Ni una pizca de mierda!


Mariscal marchó a paso rápido hacia la puerta trasera de la posada Ultramar.

Murmuraba algo. Iba hablando solo. El recuerdo, el nombre de Malpica, lo incomodó por alguna razón: «El mejor marinero, sí, señor. Stricto sensu. Y el más testarudo. ¡El más tonto!».

Los chicos lo siguieron con la mirada. Al rato, cuando ya había desaparecido por la puerta, se oyó con tono zalamero su voz.



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