– ¡Sira! ¿Andas por ahí, Sira?

El eco de la llamada llegó a la era. Fins miró de reojo a Brinco. La mecha, la dinamita, las anémonas, todo estaba en su mirada. Al modo de quien juega con una fusta, se dio con la escobilla de codesos en la punta de los pies: «¿Qué te parece si buscamos esa pizca de mierda que va a acabar con el mundo?».

Brinco no le siguió la broma. Le devolvió por toda respuesta una ración de mirada torva. Fins conocía muy bien las súbitas transformaciones de aquel rostro. Por ello, no sabría decir cuándo es amigo o no, cuándo está alegre o no. Ahora su mirada se concentraba en el lugar por donde entró Mariscal e iba recorriendo la fachada, como si estuviese traspasando las piedras. Luego levantó la vista hacia las ventanas exteriores del primer piso. En una de ellas, por el movimiento de la cortina, apareció enmarcado el rostro del galán de traje blanco. A su lado pasó, fugaz, una mujer. Sira. El hombre la siguió. Y ambos desaparecieron en el flamear de las sombras.

Capítulo IX

Brinco entró por la puerta trasera y subió por una escalera interior que iba a dar al pasillo de la primera planta, la zona de las habitaciones de posada del Ultramar. En la escalera había una luz mortecina, la que dan con resentimiento las lámparas desnudas que cuelgan del techo por cables trenzados. Luego, en el pasillo, el viento metía ráfagas de luz prendidas de las cortinas. En la otra pared, sin ventanas, podían distinguirse algunos souvenirs típicos, como platos de porcelana pintados con escenas marineras, conchas de vieiras, estrellas de mar y ramitas de coral sobre maderas barnizadas y también flores y hojas en óleo pintadas sobre tablas pulidas de las que arroja el mar a la arena.

Con la cara tiznada, con el rostro tenso, Brinco avanzó por el pasillo alfombrado, sin molestarse en apartar las cortinas. Iba hacia la habitación del fondo, la que llaman la Suite, en el argot de la posada. Se detuvo ante la puerta cerrada.



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