
Durante un rato escuchó los suspiros y susurros del forcejeo amoroso. Cuando atraviesa una puerta, el morse humano que emite el placer tiene mucha semejanza con el lenguaje del dolor. De pronto, Brinco oyó su nombre. Una voz que venía de lejos, abriéndose paso en la turbulencia de las cortinas. Rumbo siempre lo llamaba por su nombre de pila. No le gustaba aquel apodo.
– ¡Víctor! ¿Dónde cono estás? ¡Víctor!
La voz del padre lo enfureció más si cabe. Se enjugó con furia, con el revés de la manga, las lágrimas que surcaban la cara tiznada. Se marchó con cautela. Apuró el paso. Echó a correr, buscando furioso con la cara el roce de las cortinas que, con las ventanas de guillotina semiabiertas, flameaban en apariencia acompasada, pero cada una con su viento, en riguroso turno de tempestad.
En las paredes del bar del Ultramar abundan los afiches y fotogramas, la mayoría de películas del Far West. Un cartel de un grupo local, ataviados de mariachis, con el nombre Los Mágicos de Brétema. También algunos rostros conocidos de artistas de la canción y el cine, todas mujeres, como Sara Montiel, Lola Flores, Carmen Sevilla, Aurora Bautista, Amalia Rodrigues, Gina Lollobrigida y Sophia Loren. Entre ellas, en menor tamaño, pero en un lugar destacado, una foto en blanco y negro de Sira Portosalvo, con una dedicatoria: «A quien más quiero y hace sufrir».
En una mesa, Fins está comiendo unos mejillones, hervidos en su concha. Se los había servido Rumbo, rematado el trabajo de limpieza. Mientras come, parece observar y escuchar todo lo que se dice. En la barra, Rumbo y la pareja de la Guardia Civil, el sargento Montes y un guardia más joven, Vargas, hablan de cine.
– En eso estoy al cien por cien con la autoridad -afirma Rumbo, mirando al sargento-. No hay como John Wayne. Con Wayne y un caballo. Con eso haces una película. No hace falta chica ni nada.
