A esta exclusión, tan rotunda, siguió un silencio que Rumbo acertó a interpretar como disconforme.

– Aunque si hay una buena moza, el trío es perfecto. Wayne, el caballo y la chica, por ese orden -aclaró, y luego dio un súbito giro en la conversación-. Eso sí, tuvo que cambiarse el nombre.

– ¿Quién, cómo? -preguntó sorprendido el sargento-. ¿No se llamaba John?

– No, no se llamaba John. Se llamaba… Marión.

– ¿Marion? -repitió el sargento, sin disimular la decepción en el modo de entonar-. ¡No me jodas!

Al rato, después de un trago, dijo: «Otro que cambió de nombre fue Cassius Clay. Ahora se llama Muhammad Alí, o algo por el estilo…».

– Eso es otra cosa -dijo Rumbo, en voz baja con la mirada distraída.

– Lo van a emplumar por no querer ir a la guerra. ¡El campeón del mundo! Los gringos no se andan con cofias.

La atención de Rumbo estaba puesta en la puerta principal. Por allí aparecía, al fin, Brinco. Había dado una vuelta adrede para no tener que bajar por las escaleras interiores. Venía con el aire alelado de alguien a quien un golpe de mar lo arrojó directamente a tierra.

– ¿Dónde te habías metido? -preguntó Rumbo enojado-. Fui a la era y no estabas. Dejas al Malpica solo comiéndose toda la mierda. ¡Éste no nació para trabajar, hostia! A ver si me lo enchufa de guardia, sargento.

El sargento Montes palmeó en el hombro a Brinco.

– Ya tiene un buen padrino, Rumbo. ¡Cuántos quisieran! Has nacido de pie, chaval.

Fue entonces Rumbo quien se sintió incómodo y se refugió en el silencio del otro extremo de la barra, aparentando estar atareado. Más tarde, reaccionó y volvió con un bocadillo para Víctor.

– Toma. ¡De omelette! -dijo con cierta sorna-. Lo preparó tu madre.

El guardia Vargas había permanecido al margen. Se le veía prendido en una cavilación, desde que habían hablado de cinema: «Pues a mí quien me vuelve loco es…».



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