
El sargento no lo dejó acabar: «Mira, Rumbo. Si el malo está bien, la película está bien. ¿Es así o no es así?».
– Sí, es así-admitió Rumbo mirándolo fijamente, y en tono rudo. También él andaba con sus cavilaciones.
– Por ejemplo, yo creo que haría un malo cojonudo -dijo el sargento Montes-. ¿A que sí, Rumbo?
– De eso estoy seguro, sargento. Usted haría un malo de puta madre.
El sargento se quedó callado rumiando la respuesta.
– Tampoco estés tan seguro -dijo al fin con una mirada inquisitiva.
El guardia Vargas no pareció consciente de que acababa de asistir a un pequeño duelo verbal. También él seguía a lo suyo: «A mí, de las del Oeste, quien me vuelve loco es esa mujer… La de Johnny Guitar. La que lleva pantalones».
Esa invocación lo cambió todo. Rumbo se entusiasmó como si estuviese viendo la pantalla.
– Vienna, Vienna… ¡Sí, señor! Joan Crawford! -exclamó y señaló al guardia-. Un tipo listo. ¡El Cuerpo mejora, sargento!
– Entonces hablemos en serio -dijo el sargento Montes-. Para mujer de armas tomar la de Duelo al sol. ¿Le pones nombre, Rumbo?
– ¡Jennifer Jones!
Quique Rumbo, barman del Ultramar, encargado del salón de baile y cinema París-Brétema, era un hombre con recursos. Aunque no se prodigaba, tenía un gran sentido del espectáculo. Alzó los brazos en un gesto litúrgico que demoró dibujando en el aire unas curvas voluptuosas.
– ¡Pange, lingua, gloriosi Corporis mysterium!
Se oyó el carraspeo y los pasos de quien baja las escaleras que van a dar a las habitaciones de la posada Ultramar. Desde la mesa donde estaba sentado con Fins, Brinco pudo ver los zapatos blancos de quien descendía los peldaños. Y, por fin, la figura de Mariscal.
– Me pareció oír una oración. ¿Eras tú el de las divinas palabras, Rumbo?
Tardó algo en responder. Y lo hizo de soslayo, incómodo: «Hablábamos de cine, Patrón».
