Después de eso, todos esperaban que dijese algo más. Mariscal se dio cuenta al momento de que su afirmación era una llave y no un candado. En vez de zanjarlo, acababa de abrir o reabrir un misterio. De repente cambió el asunto, con una expresión burlona. Tenía esa cualidad. Un rostro escondía otro.

– Escuchad, chavales. Hablando de escuela, voy a enseñaros algo de provecho.

Y mientras se dirigía a los chicos, les guiñó un ojo a los guardias.

– No olvidéis nunca este proverbio: «Mientras se trabaja, no se gana dinero».

Mariscal arrojó una moneda que fue a caer a los pies de Brinco. El chico la miró, al principio con desprecio. No se agachó ni iba a hacerlo. El grupo de hombres se quedó observando. También Fins, a su lado. Por la puerta entreabierta, el viento besuqueaba las cortinas sin empujar del todo. Brinco se agachó y recogió la moneda.

Mariscal sonrió, volvió a la barra e hizo sonar el badajo del hielo en el vaso; «¡Rumbo, sírveme otro espiritual!».

Capítulo X

Leda agarró la aldaba. Le gustaba aquella mano de metal y verde herrumbre. Fría y caliente. Luego llamó con insistencia a la puerta de la casa de los Malpica. Tres y uno. Tres y uno. Fins acudió a abrir. Nove Lúas lo miró fijamente. Primero risueña, luego muy seria. Tenía una colección de caras. Luego tiró de él, imperiosa:

– ¡Bule, bule!

Esta vez eligió un atajo por las viejas dunas, brincando en zigzag para evitar los cardos marinos. Subieron corriendo hasta la cumbre de la primera duna. Desde allí, vieron el espectáculo dantesco de la playa. El mar vomitó en esta ocasión maniquíes, de los que se utilizan en los escaparates comerciales para exhibir prendas de moda. Cadáveres de madera. La mayoría destrozados. Las olas empujan cuerpos amputados y extremidades desprendidas. Brazos, pies descalzos, cabezas que ribetean en la arena.



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