
Nove Lúas y Malpica recorren el campo de surcos conmocionados. Desentierran y levantan miembros que dejan de nuevo en la arena.
Andan en busca de un superviviente. Leda halla, al fin, un cuerpo entero. Una figura de maniquí femenino de color negro. Se agacha y limpia la arena de la boca y los ojos. Es un rostro de rasgos escultóricos, atractivo.
– ¿Es guapa, verdad? -dice ella.
La arena, seca, parece el maquillaje de un polvo de plata. Fins mira aquel rostro que está vivo y muerto, que parece estar haciéndose, los rasgos saliendo de dentro. Pero no dice nada.
– ¡Ayúdame, hombre! -dice Leda, levantándose-. Vamos a llevarla…
– ¿Llevarla? ¿Llevarla adonde?
Sin responder, Leda agarró el maniquí por los tobillos.
– Tú agárrala por los hombros. Y con cariño, ¡eh!
– ¿Con cariño?
¡Bah!
Leda y Fins cargaron con el maniquí por la carretera de la costa, en paralelo al litoral. La chica llevaba la delantera y sujetaba la figura por los gemelos. Fins iba detrás, agarrando el maniquí por el cuello. El trabajoso andar acompasado por el mar embravecido.
Pero lo que ahora llena el valle es el sonido del tráiler de un western. Viento por encima del viento. Disparos contra el cielo. Música de réquiem por los maniquíes. Por la carretera, a baja velocidad y en dirección contraria a la que llevan Fins y Leda, se acerca un coche, un Simca 1000, con una baca a la que está sujeto el altavoz que emite el sonido del tráiler, el anuncio de la película que se proyectará el fin de semana en el salón cinema París-Brétema, en el Ultramar. La muerte tenía un precio. Esa forma de recorrer los disparos el valle. Ese viento que monta en el viento. Esa música en la que late el tictac de la hora postrera. Rumbo está contento. No sólo porque la película vaya a llenar el París-Brétema, que lo llenará, sino por este paseo estremecedor a caballo del Simca, este sacar el filme al escenario del valle. Ponerlo todo a la vista. Deslumbrar de una vez a pájaros y a espantapájaros.
