Horace hizo una mueca de disgusto.

– Y, por supuesto, Osbert me mira como si fuera su única salvación posible cada vez que nos cruzamos.

– Es que lo eres. A menos que te cases y engendres un heredero, Osbert no tiene escapatoria. Y considerar la posibilidad de que Osbert quede a cargo del condado es del todo deprimente. -Horace apuró su copa-. De todas formas, no hubiera esperado que te dejaras acorralar ante el altar por la vieja Millicent y Osbert sólo por complacerles.

– Dios me libre. Pero por si le interesa, y estoy seguro de que Henni querrá enterarse, le diré que mi intención es contraer matrimonio a mi entera conveniencia. Después de todo, tengo ya treinta y cinco años. Seguir postergando lo inevitable sólo hará el reajuste más doloroso. Ya me aferro bastante a mis costumbres a estas alturas. -Se puso en pie y alargó su mano.

Horace hizo una mueca y le dio su copa.

– Un asunto endiablado, el matrimonio, te lo aseguro. ¿No será el que se anden casando todos estos Cynster lo que te corroe hasta el punto de dar ese paso?

– Hoy he estado con ellos, precisamente, en Somersham. Tenían reunión familiar para exhibir a las nuevas esposas y criaturas. Si hubiera precisado una prueba de la validez de su teoría, la habría tenido hoy.

Rellenando las copas, Gyles apartó de su mente el punzante presentimiento que le había inspirado la última maquinación infernal de su viejo amigo Diablo Cynster.

– Diablo y los demás me han elegido Cynster honorario. -De vuelta del aparador, tendió su copa a Horace y volvió a su asiento-. Yo señalé que, si bien podemos compartir numerosos rasgos, no soy ni seré jamás un Cynster.



3 из 444