
– ¿Se encuentra usted bien? -le preguntó la azafata.
Lily agitó la mano. Las lágrimas habían comenzado a caérsele por las mejillas. De todas los hombres que podían haber subido a ese vuelo, ¿por qué tenía que haber sido precisamente él? Se arriesgó a levantar la mirada y vio que Aidan Pierce la estaba observando con un extraño gesto en el rostro. Observó su tarjeta de embarque y luego miró directamente a los números que había sobre la cabeza de Lily.
– No -susurró ella, a modo de silenciosa súplica. No podía ser el asiento que estaba a su lado. Había muchos otros lugares en los que él podía sentarse. No podía sentarse a su lado, ¿no? Él le mostró su tarjeta de embarque a la azafata y señaló precisamente el asiento que quedaba al lado del de Lily.
Ella se giró para mirar por la ventanilla, tratando desesperadamente de tranquilizarse. Sin embargo, cuando se giró, se encontró cara a cara con la bragueta de Aidan Pierce, que estaba estirándose para colocar su bolsa de viaje en el compartimiento superior.
Él llevaba el último botón de la camisa desabrochado, lo que le ofrecía a ella una amplia visión de su vientre. Lily deslizó los ojos por la línea de vello que le sobresalía de la cinturilla hasta llegar al abultamiento de los pantalones y volvió a subir apresuradamente la mirada. Giró rápidamente la cabeza y fijó la atención de nuevo en lo que se divisaba por la ventanilla.
De repente, le pareció que morir en un amasijo de acero retorcido y combustible ardiendo era una alternativa bastante aceptable sólo por poder volar hasta Nueva York sentada al lado de Aidan Pierce. Él se sentó a su lado. Estaban tan cerca, que Lily podía sentir perfectamente el calor que emanaba de su cuerpo y oler el aroma de su colonia. Quería extender la mano y tomar su bebida, pero tenía miedo de que ésta le temblara demasiado como para poder agarrar con firmeza el vaso.
– Resulta muy agradable volver a tenerlo con nosotros, señor Pierce. ¿Le puedo traer algo de beber?
