
– El avión es el medio de transporte más seguro -se dijo colocándose las gafas sobre el puente de la nariz. Sí, claro. Esa frase haría que se sintiera mucho mejor cuando estuviera cayendo al vacío desde una altura de veinte mil pies.
Si hubiera podido elegir, habría ido a Nueva York en tren, pero Miranda había insistido una y otra vez en que sus temores eran completamente infundados. Sólo necesitaba afrontar sus miedos. Al final, Lily se había visto obligada a estar de acuerdo. Efectivamente, necesitaba superar sus temores. Sin embargo, eso no significaba que no estuviera preparada para un posible desastre. Tomó la tarjeta de información de emergencia que había en el bolsillo del asiento anterior al suyo y trató de leerla. ¿Por qué no podían darle a todo el mundo un paracaídas? Así, en el caso de que ocurriera algo, todos podrían saltar.
Levantó una mano para llamar a una de las azafatas.
– Creo que necesito beber algo, si no es ya demasiado tarde.
– Aún estamos esperando que embarquen unos cuantos pasajeros de primera clase. ¿Qué quiere que le traiga?
– Vodka -respondió Lily- Dos de esas botellitas con hielo y un chorrito de zumo de arándanos -especificó con una forzada sonrisa. Entonces, se reclinó en su asiento y trató de relajarse.
Todo era culpa suya. Un año atrás, se había hecho el juramento de marcharse de casa de Miranda y hacerse una vida propia. Sin embargo, parecía que nunca llegaba el momento adecuado para hacerlo. Miranda siempre parecía sumida en una crisis de una u otra clase. En aquellos momentos, llevaba un retraso de tres meses sobre la fecha final de una entrega y se había convencido de que el único lugar en el que podría terminar su novela sería en la casa de verano que tenía en los Hamptons. Por lo tanto, había ordenado a Lily que se adelantara y que abriera la vivienda.
