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Las Cuatro Piedras Angulares de una vida favorable cayeron sobre su cabeza.

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Lorenzo Gage era pecaminosamente apuesto. Su cabello oscuro, abundante y aterciopelado y sus ojos azules, fríos y penetrantes, le daban un fiero aspecto. Sus finas cejas negras, que dibujaban sugestivos ángulos, y su frente hablaban de una antigua aristocracia teñida de corrupción. Sus labios eran cruelmente sensuales y sus mejillas podrían haber sido talladas con el cuchillo que empuñaba.

Gage se ganaba la vida matando gente. Su especialidad eran las mujeres. Mujeres hermosas. Les pegaba, las torturaba, las violaba y asesinaba. A veces, con una bala directa al corazón. Otras, rebanándoles el cuello. Una de dos.

La pelirroja que yacía sobre la cama llevaba tan sólo bragas y sujetador. Su piel brillaba como el marfil sobre las sábanas negras de raso mientras la miraba.

– Me has traicionado -dijo él-. No me gusta que las mujeres me traicionen.

La mujer lo miró aterrorizada. Mejor así.

Él se inclinó sobre la cama y apartó la sábana de sus muslos con la punta del cuchillo. Aquel gesto heló la sangre de la mujer. Gritó, se levantó de un brinco y corrió hacia la puerta de la habitación.

A Gage le gustaba cuando se resistían, por lo que la dejó alcanzar la puerta antes de atraparla. Ella luchó por liberarse. Cuando él se aburrió de su resistencia, le torció el brazo. Un violento bofetón la lanzó sobre la cama, con aquellos adorables muslos abiertos. Él no mostró emoción alguna más allá de un sutil parpadeo de anticipación. En ese momento, sus carnosos labios esbozaban una cruel sonrisa, y con una mano se abrió la hebilla plateada del cinturón.



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