
Gage se estremeció. Su estómago era impredecible cuando llegaba la parte de las atrocidades, sabiendo, al contrario que el resto de los espectadores, qué iba a suceder. Había esperado que el doblaje al italiano le distrajese lo suficiente de la carnicería que aparecía en la pantalla y le permitiese ver su última película, pero los vestigios de una desagradable resaca combinados con los serios efectos del jet-lag conspiraron en su contra. No era fácil ser el psicópata preferido de Hollywood.
En los viejos tiempos, John Malkovich habría hecho el trabajo, pero desde el momento en que el público posó los ojos en Ren Gage, quiso seguir viendo aquella seductora cara de malvado. Hasta esa noche había evitado ver Alianza sangrienta, pero dado que las críticas habían dejado la película por los suelos, decidió echarle un vistazo. Craso error.
Violador, asesino en serie, matón a sueldo. Una forma diabólica de ganarse el pan. Además de todas las mujeres de las que había abusado hasta la muerte, había torturado a Mel Gibson, golpeado a Ben Afleck en las rodillas con una barra de hierro, provocado una herida casi mortal a Pierce Brosnan, y perseguido a Denzel Washington con un helicóptero dotado de armamento nuclear. Incluso había matado a Sean Connery. Ardería en el infierno por ello. Nadie se la jugaba a Sean Connery.
Aun así, las grandes estrellas solían acabar con él antes de que finalizase la película. A Ren lo habían apaleado, quemado, decapitado y castrado; y eso dolía. Ahora estaba siendo públicamente vilipendiado por haber hecho que la actriz preferida de América se suicidase. Aunque debería tenerse en cuenta que no se trataba de la vida real. ¿O sí? Su propia, real y jodida vida.
Todos aquellos gritos retumbaron en su cabeza. Alzó la vista hacia la pantalla a tiempo de ver el chorro de sangre cuando la pelirroja pasó a mejor vida. Mala suerte, cariño. Eso es lo que pasa cuando te atrapa una cara bonita.
