
Ni su cabeza ni su estómago podían resistirlo por más tiempo, así que salió del oscuro cine. Sus películas eran un gran negocio a escala internacional, y mientras se mezclaba con la multitud que disfrutaba de la templada noche florentina echó un vistazo alrededor para asegurarse de que nadie le reconocía; los turistas y los lugareños estaban demasiado ocupados disfrutando de las ajetreadas calles como para reparar en su presencia.
Lo último que deseaba era tener que vérselas con sus admiradores, de ahí que se hubiese tomado su tiempo para modificar su aspecto antes de salir del hotel, a pesar de que su cara evidenciaba los efectos de haber dormido menos de dos horas. Se había puesto lentes de contacto de color castaño para ocultar sus inconfundibles ojos azul plateado y llevaba el pelo suelto; todavía largo y lustroso debido a la película cuyo rodaje en Australia había finalizado dos días atrás. Tampoco se había afeitado, esperando que de ese modo pasasen desapercibidas las líneas de su mandíbula, marca de sus ancestros, los Médicis. Aunque prefería llevar vaqueros, se vistió según los cánones de un italiano acomodado: camisa negra de seda, pantalones oscuros y unos exquisitos mocasines con un rasguño en uno de los talones, debido a que era tan poco cuidadoso con la ropa como con las personas. Tratar de pasar inadvertido era una experiencia relativamente nueva. Por lo general, si había algún foco por los alrededores, le gustaba ponerse al alcance de su luz. Pero no en ese momento.
Lo mejor era regresar al hotel y dormir hasta el mediodía, pero se sentía inquieto. Si sus colegas hubiesen estado por allí, tal vez podrían haber ido a un club; aunque tal vez no. Los clubes habían perdido todo su atractivo. Por desgracia, Gage era un ave nocturna, por lo que no imaginaba qué podría hacer al respecto.
Pasó frente al escaparate de una carnicería. La cabeza disecada de un jabalí le miró a través del cristal y él apartó la vista.
