
– Buona sera, signora… -El camarero debía de tener sesenta años, por lo menos, pero eso no le impidió flirtear con ella mientras tomaba nota de la copa de vino que pidió. Le habría encantado comerse un buen risotto, pero los precios eran tan altos como las calorías que contenían los platos. ¿Cuánto tiempo hacía que no se preocupaba por los precios de los menús?
Cuando el camarero se fue, colocó el salero y el pimentero en el centro exacto de la mesa y después desplazó el cenicero hasta el borde. Michael parecía muy feliz con su nueva vida. «Eres demasiado -le había dicho-. Demasiado en todo.» Entonces por qué se sentía tan poca cosa?
Se bebió la primera copa de vino más deprisa de lo que debería haberlo hecho y pidió otra. La larguísima relación con los excesos personales de sus padres le había llevado a recelar del alcohol, pero se hallaba en el extranjero, y el vacío que había estado creciendo en su interior durante meses se había vuelto insoportable.
«No es un problema mío, Isabel. Es tu problema.»
Se había prometido a sí misma no darle más vuelta al asunto esa noche, pero al parecer no lo conseguía.
«Necesitas controlarlo todo. Quizás ése sea el motivo de que apenas te guste el sexo.» Ese comentario había sido muy injusto. Le gustaba el sexo. Incluso había empezado a juguetear con la idea de tener un amante para probar qué se sentía, pero se oponía a mantener relaciones sexuales sin un compromiso afectivo. Era otro detalle del legado que había supuesto presenciar los errores de sus padres. Limpió el rastro de carmín que había dejado en la copa de vino. El sexo suponía complicidad, pero Michael parecía haberlo olvidado. Si no estaba satisfecho, tendría que haberlo hablado con ella.
Sus pensamientos estaban haciendo que se sintiese peor de lo que se sentía cuando llegó a la piazza, así que se acabó su segunda copa de vino y pidió otra. Una noche de exceso difícilmente la convertiría en una alcohólica.
