En la mesa de al lado, dos mujeres fumaban, gesticulaban y elevaban los ojos al cielo ante la absurdidad de la vida. Un grupo de estudiantes americanos, justo a su espalda, se atiborraban de pizza y helado, mientras una pareja de viejos se miraban mientras tomaban sus aperitivos.

«Quiero pasión», había dicho Michael.

Las implicaciones eran demasiado dolorosas como para tenerlas en cuenta, así que observó las estatuas al otro lado de la piazza, las copias de El rapto de las Sabinas, el Perseo de Cellini y el David de Miguel Ángel. Después sus ojos se posaron en el hombre más increíble que había visto jamás, sentado tres mesas más allá. Era un retrato de decadencia italiana enfundado en una arrugada camisa de seda negra con una oscura sombra de barba en su mandíbula, el pelo largo y unos ojos sensuales. Dos largos y elegantes dedos rodeaban la copa de vino que pendía indolente de su mano. Parecía un hombre rico, arruinado y aburrido: Marcello Mastroianni sin su cara de comediante y esculpido como la belleza masculina perfecta propia de un nuevo milenio presidido por la avaricia. Había algo vagamente familiar en él. Su cara podría haber sido pintada por uno de los maestros del Renacimiento, Miguel Ángel, Botticelli, Rafael. Tal vez por eso tenía la sensación de haberlo visto antes.

Se dispuso a estudiarlo con detenimiento, sólo para comprobar que él también la estudiaba…

3

Ren la había estado observando desde su llegada. Había pasado por dos mesas vacías antes de encontrar la que le satisfacía. Había colocado bien la sal y la pimienta en cuanto se sentó. Una persona refinada. La marca de su inteligencia resultaba tan visible como sus zapatos de diseño italiano, e incluso a aquella distancia irradiaba una seriedad y una determinación que él encontró tan sexy como sus labios carnosos.



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