Aparentaba poco más de treinta años, su maquillaje era discreto y su vestuario sencillo, del tipo que tan bien sentaba a las mujeres europeas. Su cara era más intrigante que hermosa. No era una de esas delgaduchas actrices de Hollywood, pero le gustaba su cuerpo: pechos en proporción a sus caderas, cintura fina y la promesa de unas largas piernas bajo aquellos pantalones negros. El pelo rubio de aquella mujer tenía unas mechas con las que sin duda no había nacido, pero él habría apostado a que era lo único artificial en ella. No tenía uñas ni pestañas postizas. Y en caso de haberse implantado silicona en los pechos, los habría mostrado en lugar de esconderlos bajo aquel bonito jersey negro.

Vio que se acababa la primera copa de vino y pedía otra. Le dio un mordisquito a la uña de su pulgar. El gesto parecía fuera de lugar en una mujer como ella, lo cual la convirtió en algo extrañamente erótico.

Observó también al resto de mujeres que había en el café, pero sus ojos volvieron a ella, que en ese momento se acababa la segunda copa de vino. Las mujeres solían irle detrás, él nunca las buscaba. Pero había pasado bastante tiempo desde la última vez y esa mujer tenía algo.

Qué demonios.

Se retrepó en la silla y le dedicó una de sus patentadas miradas ardientes.

Isabel sintió sus ojos sobre ella. Aquel hombre rezumaba sexualidad. Su tercera copa de vino le llevó a superar su deprimente estado de ánimo, y su atención se agudizó. Ese hombre sin duda sabía lo que era la pasión.

Ren se inclinó ligeramente hacia un lado y enarcó una de sus oscuras y angulares cejas. Ella no estaba acostumbrada a tan flagrantes insinuaciones. Los hombres guapos se acercaban a la doctora Isabel Favor en busca de consejo, no de relaciones sexuales. Era demasiado intimidante.



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