Desplazó el salero y el pimentero un centímetro hacia la derecha. No parecía americano, y su trabajo aún no tenía difusión internacional, por lo que él no podía haberla reconocido. No, aquel hombre no estaba interesado en la sabiduría de la doctora Favor. Quería sexo.

«No es un problema mío, Isabel, sino tuyo.»

Ella alzó la vista y Ren sonrió, haciéndole dar un vuelco a su maltrecho corazón.

Ese hombre no cree que yo sea una esquizofrénica sexual, Michael. Ese hombre es capaz de reconocer a una mujer sexualmente poderosa cuando la ve.

Él la miró fijamente a los ojos y, de forma intencionada, se tocó la comisura de los labios con un dedo. Algo cálido creció en el interior de Isabel, como una capa de hojaldre cociéndose. Observó, fascinada, cómo su nudillo se deslizaba hacia la ligera depresión de su labio superior. El gesto era tan descaradamente sexual que ella debería haberse sentido ofendida. En lugar de eso, bebió otro sorbo de vino y esperó a ver qué sucedía.

Él se puso en pie, cogió las gafas de sol y se acercó a ella. Las dos mujeres italianas sentadas a la mesa de al lado dejaron de hablar para mirarle. Una de ellas descruzó las piernas. La otra se removió en la silla. Eran jóvenes y hermosas, pero aquel ángel caído renacentista iba como una flecha hacia Isabel.

– Signora? -Hizo un ademán hacia la silla vacía al otro lado de la mesa-. Posso farti compagnia?

Ella asintió a pesar de que su cerebro le había ordenado responder que no. Él se sentó en la silla, seductor como una sábana negra de raso.

De cerca no parecía tan devastador, pero sus ojos tenían un brillo depredador, y el asomo de barba de su mandíbula parecía más bien producto de la fatiga que de una intención estética. De forma perversa, aquel toque descuidado intensificaba su sexualidad.



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