
Apenas le sorprendió oírse decir en francés:
– Je ne parle pas italien, monsieur.
Vaya… Una parte de su mente le ordenó que se pusiese en pie y se largase. La otra le dijo que no tuviese tanta prisa. Llevó a cabo una rápida comprobación para descubrir si había algún detalle que indicase que era americana, pero Europa estaba repleta de mujeres rubias, y muchas, al igual que ella, se hacían mechas en el pelo. Vestía de negro, como él: finos pantalones y un elegante jersey sin mangas y con cuello de cisne. Sus cómodos zapatos eran italianos. La única joya que llevaba era un fino brazalete de oro con la palabra «respira» grabada en el interior, para recordarse que tenía que mantenerse centrada. No había estado comiendo, así que él no sabía si se pasaba el tenedor de la mano izquierda a la derecha tal como hacían los americanos después de cortar la comida.
¿Qué significa esto? ¿Por qué lo estás haciendo?
Porque el mundo, tal como ella lo conocía, se había derrumbado a su alrededor. Porque Michael no la amaba, había bebido mucho vino, estaba cansada de tener miedo y quería sentirse como una mujer en lugar de como una institución en bancarrota.
– É un peccato. -Ren se encogió de hombros al maravilloso estilo de los italianos-. Non parlo francesca.
– Parlez-vous anglais?
Él negó con la cabeza y se tocó el pecho.
– Mi chiamo Dante.
Se llamaba Dante. Qué apropiado en aquella ciudad antaño hogar de Dante Alighieri.
Ella se tocó también el pecho.
– Je suis… Annette.
– Annette. Molto bella. -Él alzó su copa de un modo sensual, brindando en solitario.
Dante… El nombre calentó el vientre de ella como si de almíbar caliente se tratase, y el aire de la noche adquirió un toque de almizcle.
