Él le pasó la mano por el pelo. Había realizado su primer movimiento.

Isabel todavía podía marcharse. Podía hacerle comprender que había sido un gran error, la madre de todos los errores. ¿Cuánto tienes que pagarle a un gigoló que no ha finalizado su trabajo? ¿Hay que dejarle propina? Si se iba…

Pero él la estaba acercando hacia sí. La abrazaba, y eso no era malo. Hacía mucho tiempo que nadie la abrazaba. Era muy diferente a cuando Michael lo hacía. Su altura resultaba un tanto desagradable, sin duda, pero no su musculatura.

Él inclinó la cabeza y ella se apartó un poco, pues no estaba preparada para empezar con un beso. Entonces se recordó que se trataba de una especie de cura.

Sus labios tocaron los de Isabel justo en el ángulo adecuado. El deslizamiento de su lengua fue perfecto, ni muy tímida ni demasiado avasalladora. Fue un buen beso, ejecutado con elegancia, sin ruiditos. Muy halagador. Demasiado halagador. Pero a pesar de su confusión, Isabel sabía que no había nada de él en aquel beso, sólo era el trabajo de un experto. Lo cual no estaba mal. Era justamente lo que hubiese esperado… en caso de haber tenido tiempo para esperar algo.

¿Qué estaba haciendo ella allí?

Cállate y deja que este hombre haga su trabajo. Piensa en él como un sustitutivo sexual. Las más reputadas terapeutas los recomiendan, ¿no es así?

Él se estaba tomando su tiempo, Isabel empezó a excitarse. Su caballerosidad le daba muchos puntos a su favor.

Deslizó la mano bajo el jersey antes de que ella estuviese preparada, pero no intentó detenerlo. Michael estaba equivocado. Ella no necesitaba tenerlo todo bajo control. Por otra parte, el tacto de Dante era agradable, así que estaba claro que ella no era un bicho raro. ¿O sí? Él le desabrochó el sujetador y ella se tensó. Relájate y deja que este hombre haga su trabajo. Esto es completamente natural, a pesar de que él sea un extraño.



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