
Nada de eso, sin embargo, significaba que fuese una persona de trato difícil, dominante o exigente.
Rasgó el sobre con un abrecartas con el logo de la empresa grabado. Los chicos de la prensa habían estado llamándola todo el día para conocer su opinión respecto a aquel horrible artículo, pero ella se había negado a hacer comentarios. Aun así, la publicidad negativa le iba a crear problemas. Había erigido su negocio sobre el respeto y el cariño que sentía por sus seguidores, su principal motivo para esforzarse en llevar una vida ejemplar. Una imagen era algo frágil, y ese artículo iba a dañar la suya. La pregunta era: ¿hasta qué punto?
Extrajo la carta y empezó a leer. A mitad de la misma, buscó el teléfono. Justo cuando pensaba que aquel día no podía ser peor, le llegaba una nueva vuelta de tuerca: Hacienda. Y parecía una broma de mal gusto: una multa de un millón doscientos mil dólares por impago de impuestos. Ella era escrupulosamente honrada con sus impuestos, así que debía de tratarse de un error informático, lo cual no significaba que fuese a resultar sencillo solucionarlo. No le gustaba molestar a Tom cuando estaba enfermo, pero él tendría que atender aquel asunto de forma prioritaria a la mañana siguiente.
– Marilyn, soy Isabel. Tengo que hablar con Tom.
– ¿Tom? -La voz de la mujer de su director financiero sonaba pastosa, como si hubiese estado bebiendo. Los padres de Isabel solían sonar así-. Tom no está aquí.
– Me alegro de que se encuentre mejor. ¿Cuándo crees que volverá? Me temo que tenemos una emergencia.
Marilyn se sorbió la nariz.
– Tendría que haberte llamado antes, pero… -Rompió a sollozar-. Pero… no podía…
– ¿Qué sucede? Cuéntame.
– Se trata de Tom. Él… él… -Sus gemidos se encallaron en su garganta como si fuese un martillo neumático picando asfalto-. ¡Ha hu-hu-huido a Suramérica con mi-mi-mi hermana!
