
Giró sobre sus talones y salió rápidamente. Se metió en el ascensor, pulsó el cierre de la puerta y luego vaciló con un dedo sobre los botones. No podía salir del hospital, le había prometido a Vielle que estaría disponible. La máquina de aperitivos estaba en el ala norte, pero no estaba segura de llevar dinero encima. Rebuscó en los bolsillos de su rebeca, pero lo único que encontró, además de su minigrabadora, fue un boli, un centavo, un impreso, un puñado de Kleenex usados y una postal de un océano tropical al atardecer con palmeras recortadas contra el cielo rojo y aguas coralinas. ¿De dónde había sacado eso? Le dio la vuelta. “Me lo estoy pasando maravillosamente. Ojalá estuvieras aquí”, había escrito alguien encima de una firma ilegible, y al lado, con la letra de Vielle, Pretty Woman, Titanes, Lo que la verdad esconde: la lista de películas que Vielle quería que alquilara para su próxima noche de picoteo.
Por desgracia, tampoco tenía las palomitas de aquella cena, y lo más barato que había en la máquina costaba setenta y cinco centavos. Tenía el bolso en el despacho, pero el doctor Wright podría estar acampado fuera, esperándola.
¿Dónde más podría haber comida? Tenían tabletas en Oncología, pero no tenía tanta hambre. Paula en la cuatro-este, pensó. Siempre tenía un montón de M M’s y, además, debería ir a ver a Carl Aspinall. Pulsó el botón del quinto piso.
Se preguntó cómo le iría a Coma Carl (así era como lo llamaban las enfermeras). Llevaba en estado semicomatoso desde que lo admitieron hacía dos meses con meningitis espinal. No respondía en absoluto casi nunca, y las contadas ocasiones en que lo hacía, sus brazos y piernas se retorcían y murmuraba. Y a veces hablaba con perfecta claridad.
—Pero no está teniendo ninguna experiencia cercana a la muerte —había dicho Guadalupe, una de sus enfermeras, cuando Joanna recibió permiso de su esposa para que las enfermeras anotaran todo lo que dijese—. Quiero decir, no ha sufrido ningún síncope.
