—Las circunstancias son similares —le había dicho Joanna. Y era un sujeto al que Maurice Mandrake no podía alcanzar.

Nada podía alcanzarlo, aunque su esposa y las enfermeras fingían que podía oírlas. Las enfermeras tenían cuidado de no usar el mote Coma o discutir sobre su estado cuando ella estaba en la habitación, y animaban a Joanna a hablar con él.

—Ha habido estudios que demuestran que los pacientes en coma pueden oír lo que se dice en su presencia —le había dicho Paula, ofreciéndole unos M M’s.

“Pero yo no lo creo —pensó Joanna, esperando a que la puerta del ascensor se abriera en la quinta planta—. No oye nada. Está en algún otro lugar, fuera de nuestro alcance.”

La puerta del ascensor se abrió, y ella recorrió el pasillo hasta el puesto de las enfermeras. Una enfermera desconocida con pelo rubio y sin caderas trabajaba ante el ordenador.

—¿Dónde está Paula? —preguntó Joanna.

—De baja por enfermedad —dijo la delgadísima enfermera con cautela—. ¿Puedo ayudarla, doctora…? —Miró la tarjeta de identificación que colgaba del cuello de Joanna—. ¿Lander?

No tenía sentido pedirle comida. Parecía que nunca había comido un M M’s en su vida, y por la forma en que miraba el cuerpo de Joanna, parecía que no aprobaba que ella tampoco lo hubiera hecho.

—No, gracias —dijo Joanna fríamente, y advirtió que todavía llevaba la bandeja de la cafetería. Debía haberla tenido todo el tiempo en el ascensor y no se había dado cuenta.

—Hay que devolver esto a la cocina —dijo rápidamente, y se la tendió a la enfermera—. He venido a ver a Com… al señor Aspinall —dijo y se dirigió hacia la habitación de Carl.

La puerta estaba abierta, y Guadalupe se encontraba al otro lado de la cama colgando una bolsa de suero. El sillón que solía ocupar la esposa de Carl estaba vacío.



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