—No lo sé —dijo Vielle—. Por aquí pasan tantos que ni siquiera me molesto en aprender sus nombres. Sólo les digo “Basta”, o “¿Qué crees que estás haciendo?”. Lo comprobaré.

Regresaron a Urgencias. Vielle tomó un clasificador y repasó una lista.

—Nada. ¿Estás segura de que trabaja aquí en el Mercy?

—No. Pero si viene buscándome, estaré en la siete-oeste.

—¿Y si aparece una ECM y necesito llamarte? Joanna sonrió.

—Estoy en la cafetería.

—Te llamaré —dijo Vielle—. Esta tarde va a ser movida.

—¿Por qué?

—Clima propio para los infartos —dijo ella, y al ver la expresión de despiste de Joanna, señaló hacia la entrada de Urgencias—. Lleva nevando desde las nueve de la mañana.

Joanna miró asombrada en la dirección que Vielle señalaba, aunque no podía ver las ventanas desde allí.

—Llevo atendiendo pacientes con las cortinas corridas toda la mañana —dijo. Y en despachos y pasillos y ascensores sin ventanas.

—Resbalones en el hielo, o esfuerzos despejando nieve, o accidentes de coche —dijo Vielle— No nos va a faltar trabajo. ¿Tienes conectado el busca?

—Sí, mamá —dijo Joanna—. No soy uno de tus internos.

Se despidió de Vielle y subió a la primera planta.

La cafetería, sorprendentemente, estaba abierta. Tenía el horario de apertura más breve que Joanna hubiera visto en ningún hospital, y siempre que bajaba a almorzar se encontraba con sus puertas dobles de cristal cerradas y sus sillas de plástico rojo colocadas en lo alto de las mesas de fórmica. Pero hoy estaba abierta, aunque uno de los camareros retiraba las ensaladas y otro recogía un montón de platos. Joanna agarró una bandeja antes de que pudieran llevárselas y se puso en la cola de la comida caliente. Y se detuvo en seco. Maurice Mandrake estaba junto a la máquina de bebidas, sirviéndose una taza de café. “No —pensó Joanna—, ahora no. Es probable que acabe matándolo.”



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