
—¿Cómo se encuentra hoy? —preguntó Joanna, acercándose a la :ama.
—Mucho mejor —dijo Guadalupe alegremente, y luego añadió en un susurro—: Le ha vuelto la fiebre. —Desenganchó la bolsa y la acercó a la ventana—. Está oscuro aquí dentro —dijo—. ¿Quieres un poco de luz, Carl?
Descornó las cortinas.
Vielle tenía razón. Estaba nevando. Grandes copos caían de un cielo gris encapotado.
—Está nevando, ¿sabes, Carl? —dijo Guadalupe.
“No”, pensó Joanna, contemplando al hombre en la cama. Su cara mortecina bajo los tubos de oxígeno se veía pálida e inexpresiva a la luz gris de la ventana, los ojos sin cerrar del todo, una rendijita de blanco asomaba bajo los pesados párpados, la boca medio abierta.
—Parece que hace frío ahí fuera —dijo Guadalupe, acercándose al ordenador—. ¿Ya hay nieve acumulada en las calles?
Joanna tardó un momento en darse cuenta de que Guadalupe le hablaba a ella y no a Carl.
—No lo sé —dijo, combatiendo el impulso de susurrar y no molestarlo—. Llegué antes de que empezara.
Guadalupe fue marcando los iconos en la pantalla, introduciendo la temperatura de Carl y el inicio de una nueva bolsa de suero.
—¿Ha dicho algo esta mañana? —preguntó Joanna.
—Ni una palabra. Creo que está remando otra vez en el lago. Antes estuvo tarareando.
—¿Tarareando? ¿Puedes describirlo?
—Ya sabes, tarareando —dijo Guadalupe. Se acercó a la cama y cubrió con las sábanas el brazo sondado de Carl por encima del pecho—. Es como una canción, pero no la reconocí. Ahí tienes, calentito y cómodo —dijo, y se encaminó hacia la puerta con la bolsa vacía—. Tienes suerte de estar aquí y no ahí fuera con toda esa nieve, Carl.
“Pero no está aquí”, pensó Joanna.
—¿Dónde estás, Carl? —preguntó—. ¿Remando en el lago?
