
Remar en el lago era una de las escenas que las enfermeras habían inventado para sus murmullos. Hacía movimientos con los brazos que podrían haber sido el gesto de remar, y en esas ocasiones nunca se mostraba agitado ni gritaba, por lo que pensaban que era algo idílico.
Había varias escenas: La marcha de la muerte de Bataan, durante la cual gritaba una y otra vez “¡Agua!”, y correr detrás del autobús, y una para la que cada enfermera tenía un nombre distinto (Quemado en la hoguera y Emboscada vietcong y Los tormentos del infierno), durante la cual agitaba los brazos salvajemente y se destapaba y se quitaba la intravenosa. Una vez le había puesto a Guadalupe un ojo morado cuando intentaba contenerlo. “Atrapado”, gritaba una y otra vez, o posiblemente “Agarrado” o algo parecido. Y una vez, con pánico: “Corta el cable.”
—Tal vez cree que las sondas son cuerdas —dijo entonces Guadalupe, con el ojo hinchado, mientras le tendía a Joanna una transcripción del episodio.
—Tal vez —respondió Joanna, pero no lo creía. “No sabe que tiene puestas intravenosas, ni que está nevando o hay enfermeras a su alrededor. Está muy lejos de aquí, viendo algo completamente distinto”, pensó. Como todos los pacientes de infartos y accidentes de coche y hemorragias que había entrevistado en los dos últimos años, moviéndose entre ángeles y túneles y parientes que habían sido inducidos a ver, en busca del comentario casual, el detalle aparentemente irrelevante que podía dar una pista de que lo habían visto, de dónde habían estado.
—La luz me envolvió, y me sentí feliz y cálida y segura —había dicho Lisa Andrews, cuyo corazón se había detenido durante una intervención. Pero temblaba al decirlo, y luego se quedó allí sentada un buen rato, con la mirada perdida.
Y Jake Becker, que se había caído por un precipicio mientras hacía montañismo en las Rocosas, dijo, tratando de describir el túnel:
—Estaba muy, muy lejos.
