—¿El túnel estaba muy lejos de usted? —preguntó Joanna.

No —respondió Jake enfadado—. Yo estaba allí mismo. Dentro. Estoy hablando de dónde estaba. Muy muy lejos.

Joanna se acercó a la ventana y contempló la nieve. Ahora caía con más fuerza, cubriendo los coches del aparcamiento de visitantes. Una mujer mayor con un abrigo gris y un gorrito de plástico limpiaba con esfuerzo la nieve de su parabrisas. Tiempo propio de infartos, había dicho Vielle. Tiempo de accidentes de coche. Tiempo de muerte.

Corrió las cortinas y volvió a la cama y se sentó en la silla que había al lado. Él no iba a hablar, y la cafetería cerraría al cabo de diez minutos. Tenía que irse de inmediato si quería comer. Pero continuó sentada, contemplando los monitores, con sus líneas ondulantes, sus números cambiantes, contemplando el movimiento casi imperceptible del pecho hundido de Carl subiendo y bajando, contemplando las ventanas cerradas con la nieve cayendo silenciosamente al otro lado.

Advirtió un leve sonido. Miró a Carl, pero él no se había movido y seguía teniendo la boca medio abierta. Miró los monitores, pero el sonido procedía de la cama. “¿Puede describirlo?”, pensó automáticamente. Un sonido profundo, regular, como una sirena, con largas pausas intermedias, y después de cada pausa, un sutil cambio de tono.

Está tarareando, pensó. Buscó su minigrabadora y la conectó, y se la acercó a la boca.

—Nmnmnmnmn —zumbó él, y luego una pausa más breve, mientras tomaba aliento y continuaba, “nmnmnmnm”, cada vez más grave. Era decididamente una canción, aunque ella tampoco lograba reconocerla, porque los intervalos entre los sonidos eran demasiado largos. Pero era evidente que canturreaba.

¿Cantaba en un lago veraniego en alguna parte, mientras una chica hermosa tocaba un ukelele? ¿O cantaba al compás del coro celestial de la señora Davenport, envuelto en la cálida luz al final del túnel? ¿O estaba en algún lugar de las oscuras junglas de Vietnam, cantando para así para mantener sus miedos bajo control?



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