
—¿Hay algo más que pueda recordar sobre el túnel? —preguntó Joanna.
—No… —dijo la señora Davenport después de un minuto—. Estaba oscuro.
“Oscuro”, anotó Joanna. Siempre tomaba notas por si se acababa la cinta o algo iba mal con la grabadora, y así podía comparar los modales y la entonación del sujeto entrevistado. “Introvertida —escribió—. Reacia.” Pero a veces los reacios resultaban ser los mejores sujetos si tenías paciencia.
—dijo usted que oyó un ruido. ¿Puede describirlo?
—¿Un ruido? —dijo vagamente la señora Davenport. Si tenías la paciencia de Job, se corrigió Joanna.
—Usted ha dicho —repitió, consultando sus notas—: “Oí un ruido, y entonces empecé a atravesar ese túnel.” ¿Oyó el ruido antes de entrar en el túnel?
—No… —respondió la señora Davenport, frunciendo el ceño—. Sí. No estoy segura. Era una especie de timbre… —Miró a Joanna, vacilante—. ¿O tal vez un zumbido?
Joanna mantuvo una expresión cuidadosamente impasible. Una sonrisa de ánimo o un ceño fruncido podrían dar pistas también.
—Un zumbido, creo —dijo la señora Davenport por fin.
—¿Puede describirlo?
“Debería haber comido algo antes de empezar con esto”, pensó Joanna. Eran las doce y no había tomado nada para desayunar, excepto café y un pastelito. Pero quería contactar con la señora Davenport antes de que lo hiciera Maurice Mandrake, y cuanto más largo fuera el intervalo entre la ECM y la entrevista, más confabulación habría.
—¿Describirlo? —dijo la señora Davenport, irritada—. Un zumbido.
