No servía de nada. Iba a tener que hacer preguntas más específicas, dieran pistas o no, o no lograría sacarle nada.

—¿Qué tipo de zumbido era, firme o intermitente?

—¿Intermitente? —La señora Davenport estaba confusa.

—¿Empezaba y se paraba? ¿Cómo alguien llamando a la puerta de un apartamento? ¿O era un sonido continuo como el zumbido de una abeja?

La señora Davenport miró su intravenosa un poco más.

—Una abeja —dijo finalmente.

—El zumbido ¿era fuerte o suave?

—Fuerte —dijo, pero insegura—. Se paró.

“No voy a poder utilizar nada de esto”, pensó Joanna.

—¿Qué sucedió cuando cesó?

—Estaba oscuro —dijo la señora Davenport—, y entonces vi una luz al final del túnel y…

El busca de Joanna empezó a sonar. “Maravilloso —pensó, tratando de apagarlo—. Lo que me hacía falta.” Tendría que haberlo desconectado antes de empezar, a pesar de la regla del hospital Mercy General de mantenerlo conectado a todas horas. Las únicas personas que la llamaban eran Vielle y el señor Mandrake, y eso había estropeado más de una entrevista de ECM.

—¿Tiene usted que irse?

—No. Vio una luz…

—Si tiene que irse…

—No —dijo Joanna firmemente, metiéndose el busca en el bolsillo sin mirarlo—. No es nada. Vio usted una luz. ¿Puede describirla?

—Era dorada —dijo rápidamente la señora Davenport. Demasiado rápidamente. Y parecía relamidamente complacida, como un niño que sabe la respuesta.

—Dorada —dijo Joanna.

—Sí, más brillante que ninguna otra luz que yo haya visto, pero no me lastimaba los ojos. Era cálida y reconfortante, y al mirarla pude ver que era un ser, un Ángel de Luz.

—Un Ángel de Luz —dijo Joanna, con una sensación de pesadumbre.

—Sí, y alrededor del Ángel había conocidos míos que ya han muerto. Mi madre y mi pobre padre y mi tío Alvin. Estuvo en la Marina en la Segunda Guerra Mundial. Lo mataron en Guadalcanal, y el Ángel de Luz dijo…



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