
—Antes de que entrara usted en el túnel —interrumpió Joanna—, ¿tuvo una experiencia extracorporal?
—No —respondió ella, con la misma rapidez—. El señor Mandrake dijo que a veces pasa, pero lo único que vi fue el túnel y la luz. El señor Mandrake. Naturalmente. Tendría que haberlo sabido.
—Me entrevistó anoche —dijo la señora Davenport—. ¿Lo conoce usted?
“Oh, sí”, pensó Joanna.
—Es un autor famoso —dijo la señora Davenport—. Escribió La luz al final del túnel. Fue un best seller, ¿sabe?
—Sí, lo sé.
—Está trabajando en un libro nuevo. Mensajes del Otro Lado. ¿Sabe?, nadie diría que es famoso. Es muy simpático. Tiene una forma maravillosa de hacer preguntas.
“Desde luego que sí”, pensó Joanna. Lo había oído hacerlas: “Cuando atravesó usted el túnel, oyó un zumbido, ¿verdad? ¿Describiría la luz que vio al final del túnel como dorada? Aunque fuera más brillante que nada que hubiera visto antes, no le lastimó los ojos, ¿no? ¿Cuándo se encontró con el Ángel de Luz?” Dar pistas no era ni siquiera la expresión adecuada.
Y sonreía, asintiendo para alentar las respuestas que quería. Fruncía los labios y preguntaba: “¿Está segura de que era un zumbido y no un timbre?” Fruncía el ceño e inquiría preocupado: “¿Y no recuerda haber flotado sobre la mesa de operaciones? ¿Está segura?”
Ellos lo recordaban todo por él, cómo dejaban su cuerpo y entraban en el túnel y se encontraban a Jesús, recordaban la Luz y la Revisión de Vida y los Encuentros con los Seres Queridos Difuntos. Olvidaban convenientemente las visiones y sonidos que no encajaban e inventaban los que sí lo hacían. Y anulaban por completo lo que hubiera sucedido de verdad.
Ya era bastante malo tener por ahí los libros de Moody y Abrazados por la. luz y todos los otros libros sobre experiencias cercanas a la muerte y los especiales de televisión y los artículos en las revistas diciéndole a la gente lo que podía esperar ver sin que alguien del hospital Mercy General le metiera esas ideas en la cabeza.
