“Si no salgo pronto de aquí —escribió Joanna—, cerrarán la cafetería, así que por favor, que alguien me llame.”

El busca, por fin, gracias al cielo, sonó durante la descripción que la señora Davenport hacía de la luz como “brillantes prismas de diamantes y zafiros y rubíes”, una cita literal de La luz al final del túnel.

Lo siento, tengo que irme —dijo Joanna, sacando el busca de su bolsillo—. Es una emergencia.

Recogió su grabadora y la apagó.

—¿Dónde puedo ponerme en contacto con usted si recuerdo algo más sobre mi ECM?

—Puede hacer que me llamen por el busca —dijo Joanna, y huyó. Ni siquiera comprobó quién la llamaba hasta que estuvo a salvo fuera de la habitación. No reconoció el número, pero era de dentro del hospital. Bajó al puesto de enfermeras para llamar.

—¿Sabes de quién es este número? —le preguntó a Eileen, la enfermera jefa.

—Así a bote pronto, no —dijo Eileen—. ¿No es el del señor Mandrake?

—No, tengo el número del señor Mandrake —dijo Joanna, sombría—. Consiguió llegar a la señora Davenport antes que yo. Es la tercera entrevista que me estropea esta semana.

—Está bromeando —dijo Eileen, compasiva. Seguía mirando el número del busca—. Puede que sea el doctor Wright. La ha estado buscando.

—¿El doctor Wright? —Joanna frunció el ceño. El nombre no le resultaba familiar. Por costumbre, dijo—: ¿Puedes describirlo?

—Alto, joven, rubio…

—Guapo —dijo Tish, que acababa de llegar con una carpeta. La descripción no encajaba con nadie que Joanna conociera.

—¿Dijo qué quería? Eileen sacudió la cabeza.

—Me preguntó si era usted la persona que estaba investigando las ECM.

—Maravilloso —dijo Joanna—. Probablemente querrá contarme como recorrió un túnel y vio una luz, a todos sus parientes muertos y a Maurice Mandrake.



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