
Allí estaba, junto a la mesa, leyendo una gráfica y con aspecto preocupado. Joanna se abrió paso entre una silla de ruedas y un montón de mantas para llegar hasta ella.
—¿Me has llamado? —preguntó.
Vielle sacudió la cabeza, rematada por un gorrito azul.
—Esto parece una tumba. Literalmente. Un tiroteo, dos sobredosis, una neumonía causada por sida. Todos ingresaron cadáveres, excepto una de las sobredosis, que murió después de llegar.
Soltó la carpeta y señaló una de las salas de trauma. La camilla había sido retirada y habían introducido equipo eléctrico, entre una maraña de cables.
—¿Qué es esto? —preguntó Joanna.
—La sala de comunicaciones —dijo Vielle—, si alguna vez la terminan. Para que podamos estar en contacto continuado con las ambulancias y el helicóptero y dar instrucciones médicas a los enfermeros que vienen de camino. Así sabremos si nuestros pacientes están muertos antes de que lleguen aquí. O si están armados. —Se quitó la gorrita quirúrgica y sacudió sus trenzas negras—. El drogadicto que no estaba muerto trató de dispararle a uno de los celadores que lo trasladaban a la camilla. Estaba colocado con esa droga nueva, picara, que está haciendo furor. Por suerte había tomado demasiada y se murió antes de conseguir apretar el gatillo.
—Tienes que solicitar que te trasladen a Pediatría —dijo Joanna. Vielle se estremeció.
—Los niños son aún peor que los drogatas. Además, si me trasladan, ¿quién te va a avisar de que hay ECM antes de que Mandrake se apodere de ellos?
Joanna sonrió.
—Eres mi única esperanza. Por cierto, ¿conoces a un tal doctor Wright?
—Llevo años buscándolo —dijo Vielle.
—Bueno, no creo que sea éste. No sería uno de los internos o los residentes de Urgencias, ¿no?
